Cuando me miró por primera vez fue como darle al botón de borrar sin querer y tener que volver a empezar. Pero mejor. No creía en el amor a primera vista. Ni siquiera creía en el amor. Y cuando me miró con aquellos ojos fue como si el Big Rip y el Big Bang eclosionaran a la vez destruyéndolo todo dentro de mí y dejando espacio para crear un nuevo universo; uno en el que él sería el centro de gravedad. A veces pasa cuando bajas la guardia. A veces una sonrisa te atonta y te olvidas del daño que creías irreparable. Es curioso como a veces una simple mirada cura todas las heridas del pasado, casi sin dejar marca. Como viajar a un lugar en el que mirar al pasado no entristece rostros, sino que fortalece a los corazones y regala tranquilidad a las almas que al fin consiguen ver el lado positivo de aquel mal que un día no pareció venir por ningún bien. Es absolutamente fascinante que el simple sonido de una voz nueva sea suficiente para que una persona, de repente, se cuele en un corazón. Un día me levanté y quise negarlo, al siguiente lo hice y tres semanas después todos lo sabían pero yo me resistía a admitirlo. Aunque no se por qué, pero desde que su mano apretó la mía, aquel primer viernes, mi mente y mi corazón se pusieron de acuerdo por primera vez en mucho tiempo, y los dos afirmaron rotundamente “él, tiene que ser él”. Y para cabezota, yo. Es esa clase de sensación que no se tiene con cualquiera, que no puedes decidir tener y que condiciona el resto de tu existencia. Y es lo típico que pasa y dices, me voy a esforzar, y me esforcé, pero pensé “vaya, ha sido demasiado fácil”. ¡Para qué hablaré! ¿Lo querías difícil? Pues toma. Sí, es verdad, siempre me han gustado las cosas difíciles, pero en realidad nunca he sido valiente para enfrentarme a ellas. Mentiría si dijera que ni una sola vez pensé en rendirme, pero mentira más grande sería decir que cada vez que veo esos ojos que me miraban no me entraban ganas de seguir luchando por la sonrisa que se escondía tras esos labios. A veces parecía la típica historia que nunca tiene final, que se estanca en un círculo vicioso y acaba siendo un simple juego de niños, y otras parecía que iba a tener un final feliz. Aunque más del sesenta por ciento de la gente me decía lo típico de te hace daño, no te merece… ¿Y a mi qué si me merece, no me merece o ninguna de las dos? Nadie lo entendía, puede que ni siquiera yo. Mi corazón y mi cerebro ya no estaban tan de acuerdo como al principio, pero los dos sonreían cuando él me miraba de reojo. Un juego o no, era bonito, nada parecida a la típica historia que tantas parejas cuentan. Porque, yo, siempre lo he dicho: esas historias en las que todo es rosa desde el primer día, las mariposas vuelan y siempre es primavera, no son historias de verdad; al final el rosa destiñe, las mariposas mueren y las flores se secan. Pero ¿quién puede apagar un fuego que no ha conseguido apagar un invierno? ¿Quién marchitaría un sentimiento que ha sobrevivido a un otoño? Son tantos días los vividos y tan extremas las experiencias que ni un agujero negro podría absorber tantísima magia. Sí, magia. ¿Algún día os habéis sentido a años luz de la persona supuestamente cercana? ¿Alguna vez habéis mirado a algún ser querido y sentido que no le conocíais? Sí, ¿verdad? Todos. Pues él y yo no. Porque aunque estuviéramos cada uno en una punta del planeta, su olor me perseguía y mis besos le encontraban. Porque aunque ni siquiera nuestras miradas se cruzaran, nuestros corazones nunca se soltaron. Y como dijo alguien “no es necesario ir de la mano para estar juntos”. Al principio no lo entendí, pero un día me llamó y no fui capaz de colgarle, un día me llamó estando yo enfadada y lo único que se me ocurrió hacer fue entenderle y apoyarle. Y después de todo, cuando ya parecía que el verano nos separaba, que tenía tres meses para olvidarme de un juego que a todos les parecía estúpido, la suerte cambió. Suerte para los que crean en ella, porque yo no creo en las casualidades. Yo creo en el destino, y creo que él nos estuvo poniendo a prueba en todo momento. Nos situó en un tira y afloja. Era el eterno sacrificio, una empatía jamás contemplada en la raza humana. Algo tan supremo que había superado todas las pruebas del destino. Y aquí es cuando os cuento que los finales felices son los que se quedan en el aire. Un final que en realidad es un principio.
Yo ya no creía en el amor. Él me hizo volver a creer, volver a tener ilusión por una persona. Gracias a él perdí el miedo a dormirme y soñar. No siempre fue fácil, pero nunca he querido dejar de sentir lo que siento por él; incluso cuando dolía, amaba amarle como le amo.
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