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domingo, 30 de enero de 2011

Tengo ganas de ti.

- ¿Dónde estás?
- Aquí abajo, ¿me abres?
- ¿Qué quieres? ¿Subir a mi casa y que te presente a toda mi familia?
- Venga, invéntate algo... Tengo ganas de ti.
- No has dicho "tengo ganas de verte" sino "tengo ganas de ti".
- ¡Sí, y te lo repito!
- Yo también tengo ganas de ti.
    No dice nada más. Subo los escalones veloz como un rayo hasta el último piso. Y cuando llego se abre el ascensor, es ella. Simbiosis hasta en eso. Me zambullo en sus labios y busco allí mi respiración. Besándola sin tregua, sin dejarla respirar. Le robo la fuerza, el sabor, los labios, le robo hasta las palabras. En silencio. Un silencio de suspiros, de una camiseta que se abre, un gancho de sujetador que salta, unos pantalones que se bajan, la barandilla que se mueve, ella que se ríe haciendo "sh" para que no la oigan. Extrañas posturas en aquella trampa de piernas, esa maraña tejana que me fascina, que me extasía. Parar un momento. De rodillas, sobre el frío mármol. Correr juntos, nosotros, estúpidos, salvajes, apasionados, caballos enamorados agarrados al suelo por una barandilla de hierro. Ésta vibra en silencio como nuestra pasión. Por un instante suspendidos en el vacío. Ruidos lejanos. Ruidos de las casas. Una gota que cae. Un armario que se cierra. Pasos. Después ya nada. Nosotros. Sólo nosotros. Pero un último beso nos hace llegar juntos, volver al suelo precisamente mientras llaman al ascensor.
- Shh- se ríe derrumbándose en el suelo. Nos abrazamos así juntos, púgiles tocados, deshinchados, agotados, acurrucados en el suelo, vencidos. Y sonriendo, nos besamos-. Sh- dice otra vez-. Sh.-Se complace con ese silencio...Sh.
    El ascensor se detiene un piso más abajo. Nuestros corazones laten veloces y no ciertamente de miedo. Me escondo entre su pelo. Me apoyo en su suave cuello. Descanso. Mis labios cansados, felices, satisfechos en busca sólo de una última respuesta.
- Oye...
- ¿Sí?
- No me dejes...
    Y no sé por qué, pero lo digo. Y casi me arrepiento. Y ella se queda de un momento en silencio. Después se separa de mí y me mira curiosa. Luego lo dice despacio, casi susurrándolo:
- Tiraste al río la llave del candado.
    Después, cariñosa, coge mi cabeza entre sus manos y me mira. No es una pregunta. Es una respuesta. Después me da un beso y otro, y otro más. Y no dice nada. Sólo me sigue besando. Y yo sonrío. Y acepto encantado esa respuesta.

sábado, 29 de enero de 2011

Locura transitoria.

La vida se relaciona por las casualidades, aunque como dicen muchos, las casualidades no existen.
Puedo empezar a hablarte de física. De la corriente continua. Tus dedos en los míos. De tus electrones en tus huellas dactilares, por ejemplo.
Aunque yo se muchas cosas, aunque tú sepas más que yo. Y se, que tú eres más de corriente alterna. Hoy puedes besarme, y mañana puedes olvidarte de mí. Pero basta un par de fórmulas para convertirme en besos sin que te olvides de mí.
Ya sabes, puedo hablarte, del tiempo, de la intensidad o de la tensión.
Y entonces pasamos a la químicaA la materia...
Al fuego lento.
Y podemos tener química transformando la energía de tus ojos.Y ya tenemos la química y la física.
Y la corriente en tus manos. Y las reacciones en tus labios. Y cambia corriente por locura y llévame a volar un rato. 
Porque la locura transitoria, es transitoria, ya sabes. Y mañana, puede acabarse.
Aunque sabes que no

martes, 18 de enero de 2011

Perdona si te llamo amor.

El paraíso es una simple habitación de un chico que juega al baloncesto. El paraíso es la colcha azul de su cama que la coge como un pétalo que cae en las olas. Y ella se siente llevar, suave y un poco asustada, pero feliz de estar ahí, de haber aceptado ese viaje que van a emprender juntos. Sin partir. Sin maletas. Sin mapas ni planos. Porque en el amor los caminos y el paisaje se descubren cada vez. Porque nadie te los enseña. O quizás si. Y su respiración te guía. Te dice donde girar. Donde aminorar. Donde detenerse. Y a partir de ahí de nuevo sin miedo. Parece que la vida, de repente, tiene sentido y que todo cuanto han hecho hasta ese día ha servido para llegar hasta allí. A ese nuevo paraíso, destino: FELICIDAD. Pero es tan hermoso creer en la felicidad. Porque cuando haces el amor con la persona a la que amas, es siempre la primera vez, es siempre una partida. Y entonces esa cama se convierte en una barca en medio de las olas. Olas tranquilas, ligeras. Olas que acunan. Olas que no dan miedo. Olas que los llevan hacia una isla desierta, solo para ellos.

martes, 11 de enero de 2011

A partir de ahora me voy a dedicar a aquellos que muestran algo por mí.

Paseando por las calles de mi vida me encontré con un millón de miradas desconocidas. Cuántas miradas que sólo habré visto dos, tres veces en mi corta existencia. Cuántas miradas aparentemente cálidas de personas que aparentemente pensaban quedarse. Cuántas miradas que un día me parecieron sinceras y hoy están tan vacías. Es duro cruzar mis ojos con todas esas miradas y ver que ya no queda nada, ni siquiera el saludo por cortesía.
Es como pasear por Madrid. Cuando te dejas llevar por la multitud acelerada que siempre va a algún sitio importante con prisa. Tus ojos se cruzan con un mínimo de mil miradas en una sola tarde. Ninguna te saluda, ninguna muestra el más mínimo interés en ti. Supongo que es lo normal, ¿no? La gente que no se conoce no tiene por qué preocuparse por otra gente con la que no ha tratado nunca.
Entonces pienso en todas esas otras miradas conocidas con las que me cruzo día a día. ¿En qué momento dejaron de formar parte de mi vida aquellos ojos verdes que juraban ser mi mejor amiga? Y como aquellos ojos ¿cuántos más iban a quedarse y se fueron? Pero esos ya son parte del pasado, ya ni siquiera cruzan sus miradas con el marrón de mi iris. Ellos no son los que me hacen preguntarme nada. Son esas otras miradas que no me saludan hoy, ni mañana, pero al cabo de una semana me miran como si hubiera estado toda la vida a mi lado. Son esas miradas que están cada día a mi lado y nunca se dan cuenta de cómo miro, ni de lo que dicen mis ojos. Miradas de esas personas que aparentemente están, pero ya se que se van a ir, que nunca han estado. Todos tenemos miradas de esas en nuestras vidas.
Es triste, supongo. Supongo que un día me cruzaré con una de esas miradas por Madrid y serán como esas miradas a las que ya no me une nada, ni el saludo de cortesía. Me mirarán, y fingirán que no me han visto bajando sus ojos al suelo. Y se irán con su prisa sin preguntarme ¿qué tal te va? O decirme ¡cuánto tiempo! Y de nuevo me obligarán a reflexionar.
¿Cuántas personas pasan por nuestra ida? ¿Quién nos ve y quién nos mira? Un día conocemos a alguien, sin saber por qué nos sentimos unidos a esa persona, y con el paso del tiempo esa unión se debilita, ya no hay cosas en común, todo son reproches. Otro día conocemos a otro alguien que nos parece divertido y no volvemos a verle en nuestra vida, pero quién sabe qué le habremos contado de nosotros en ese poco tiempo, qué hemos compartido. Es ley de vida. Conocer, conoceremos a muchas personas a lo largo de nuestra existencia. Muchas vienen de paso, otras llegan, se instalan y se van, y muy muy pocas vienen para quedarse siempre a nuestro lado. Quizá sea triste pensar en esas personas que se instalaron para quedarse, o aquellas que vemos y comienzan a preparar su equipaje para decirnos adiós. Pero es importante que recordemos que aquellas personas que valen son aquellas que nunca dudamos si van a estar. Aquellas que sabemos que nos miran, que no nos ven, que saben si nos pasa algo o no con sólo mirarnos, que si nos ven llorar, lloran con nosotros y se desviven por eliminar la presencia de esas lágrimas. Aquellas personas que incluso después de mirarnos con un ceño fruncido son capaces de dar la espalda a el pasado y regalarnos un abrazo.
Yo no se que fue de aquellos ojos marrones que hace tanto tiempo pensé querer, ni dónde están aquellos ojos verdes que tantos secretos sabían de mi. Supongo que no importa, que no eran ojos importantes. Tampoco quiero saber que fue de ellos. En su día hubo muchas cosas que me unían a ellos, pero hoy por hoy, mi mirada ha cambiado, y las suyas también lo habrán hecho. Les vi venir, elegir habitación, deshacer la maleta y avisarme con meses de antelación de que habían decidido marcharse. Si se fueron, algo mejor les estaría esperando, tanto a ellos como a mí. Sobretodo me duelen aquellos ojos marrones muy oscuros que me abandonaron, que me hicieron ver que lo que yo consideraba una amistad sólo lo era por mi parte. No importa, de caídas aprendemos. Se que hoy en mi vida hay pocas miradas de esas que me miran, pero hace tiempo aprendí que no importa si son muchas o pocas, sino que lo que importa es la complicidad de nuestras pupilas.

Por muy larga que sea la tormenta el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.

    Cuando él está triste desaparece mi sonrisa. Yo, que sólo vivo por verle sonreír me pregunto quién se ha creído el mundo para impedírselo. Y ya puede prepararse quién sea, porque yo no pienso permitir que se apague la luz de su sonrisa ni que sus miradas vayan a parar al suelo, que yo lo que quiero es escucharle gritar al cielo y ver cómo se deja caer sobre la hierba sintiéndose pleno. Y si él quiere ver las estrellas en el centro de Madrid yo cortaré la luz de toda la comunidad para que él pueda disfrutar de las vistas y pedir mil deseos a cada estrella fugaz que se cruce por sus pupilas. Y me da igual si en otoño no salen las flores y hay que esperar a la primavera, porque si él quiere flores me voy al oro hemisferio y le traigo la más bonita de todas ellas, la que mejor huela. Pero su sonrisa no la toca nadie. Y nadie es nadie. Ya puede venir el señorito Obama a decirme que a ver por qué sería capaz de desencadenar una tercera guerra mundial sólo por una sonrisa, que se irá por dónde ha venido, que no, que la suya no es sólo una sonrisa. Y si a algún extraterrestre descarado se le ocurre visitar nuestro planeta para intentar robar mi sueño y su sonrisa yoyo no se lo que haría. Y tampoco se si alguien podrá entender esto o no, pero tampoco me importa, porque yo se que le quiero, y con que él también lo sepa me es suficiente. Suficiente para poner en su sitio al que sea que intenta acabar con su alegría y su energía. Suficiente para cogerle de la mano y escapar con él lejos, donde nada pudiera preocuparle. Y más que suficiente, tanto que si tuviera al mismísimo Johnny Depp llamando a mi puerta suplicando amor, me quedaría con la calidez de su mirada y la belleza de su sonrisa. Ojalá tuviera más palabras, ojalá pudiera dibujaros este sentimiento, porque todo lo anterior se queda corto. Porque yo no le quiero, eso es mentira. Es más que quererle, pero tampoco le amo. ¿No tenemos un verbo para definirlo? Y nuestra lengua que presumía de ser abundante en vocabulario, ahora resulta que ni siquiera puedo decirle que le más amo porque no tenemos un verbo. Y entonces pintaría, con muchos arcoiris y flores y mariposas y corazones. Pero eso sólo podría expresar una tercera parte de la felicidad que me inunda al verle sonreír, y es mucho, mucho más. Es por eso que yo me pondría en la puerta de sus sueños cada noche para que no pudieran entrar pesadillas en ellos y me levantaría temprano cada mañana para pintar su cielo del azul más bonito, porque si no existen palabras ni puedo pintar lo que siento, sólo me queda demostrárselo

miércoles, 5 de enero de 2011

A veces toda una vida depende de una decisión precipitada.

    Límites. Un “hasta aquí hemos llegado, esto se tiene que acabar”. Extremar las situaciones ficticias conlleva el riesgo de agotar las fantasías y caer de golpe en la realidad. Un mundo entero se precipita condenado a la desaparición que implica la inestabilidad: su mundo. Es curioso como a veces una simple palabra puede destrozar un complejo circuito de sentimientos y llevar a una persona a la desesperación más extrema. Pero los extremos no son buenos. Y todo lo que empieza, tiene que acabar. Incluso lo que no ha empezado tiene que encontrarse con un final, porque no, la eternidad y el infinito no están hechos para las personas que viven en el mundo real. Lástima que ella sea una de esas personas que no están hechas para el mundo real. Uno de esas locas empedernidas que darían todo su oxígeno por aquel que le ha robado cada suspiro. Una de esas que no saben dónde está el término medio, que o lo tienen todo o prefieren no tener nada. Una imprudente de las que se sumergen bajo el agua sin coger aire y esperan salir con vida de la experiencia. Caprichosa, repelente, de las de lo quiero aquí y ahora, a mi manera y como yo diga. La típica que puede tener lo que quiera cuando le apetezca pero que nunca ha sabido apreciar nada, y que cuando por primera vez en mucho tiempo es capaz de apreciarlo apenas puede rozarlo con las yemas de los dedos. Y por el no se qué de su boca y el brillo imaginario de su cercanía le ha cogido demasiado cariño a aquel del que prometió no enamorarse nunca jamás de los jamases. Quizá hayan tenido que ver el sí se qué de sus ojos y la suavidad de sus mejillas, o lo apetecibles que resultan sus labios. Ella qué sabe, que dice que sólo sabe que no sabe nada más que todo lo que daría por él; y aún eso es poco saber. Tan impulsiva que no soporta la impotencia que implica no poder dar un paso más porque ya ha dado todos los pasos posibles. Bloqueada. La misma de siempre, la sentimental que daría todo por un beso y no es capaz de negar una sonrisa, que se derrite en cada roce y se deshace en cada abrazo; la que se muere por un simple gesto de su hombre imperfecto. Nunca ha entendido nada porque nunca ha querido entenderlo, nunca ha encajado en el mundo porque siempre ha querido cambiarlo.
    Un día cualquiera, pongamos un sábado, a una hora indefinida en un lugar mal situado eligió el momento incorrecto para hacerle frente a todo aquello que llevaba meses arrastrando. No debió hacerlo, no; le faltaban fuerzas para enfrentarse a la realidad que sabía que le esperaba. Pero la verdad es solo una parte, lo importante es lo que haces con ella, se repetía una y mil veces para no sentir miedo antes de dormir. Se decidió a abrir los ojos el día menos indicado. Aunque, claro, ¿cuál es el día indicado para asumir un no? Es mejor vivir en la ignorancia porque ella sabía que aceptar el no, significaba perder todo por lo que vivía. Y entonces ¿qué quedaría? Un no implicaba el final, el Apocalipsis, darse de bruces con la realidad y aceptar de una vez que no tenía ningún sentido salir de la cama para poner todo su empeño en dibujar sonrisas que ni de lejos la correspondía. No, nunca en su vida iba a tener la suficiente fuerza como para acepar la respuesta negativa y por consiguiente, aceptar el rechazo. En vez de eso, por cada no que sale de su perfecta boca ella incrementa en un novecientos por cien los sentimientos irracionales que la impulsan a faltarse el respeto a sí misma. Nadie, nadie en su sano juicio cometería tal sacrilegio; nadie excepto ella. ¿Por qué? Porque él lo merece todo, cada ápice de felicidad, cada resquicio de compasión y toda la energía de un amor no correspondido. Siempre alimentándose de la misma ilusión, del recuerdo de un espejismo que nunca será más que un falso reflejo de todo lo que podrían llegar a ser juntos. No habrá en su vida día en el que no haya pensado que no hay mal que por bien no venga, que toda gran recompensa conlleva un gran sacrificio y que el que algo quiere, algo le gusta. Pero ¿tan alto es el precio? ¿Tantas lágrimas, tanto oxígeno desperdiciado, tantas punzadas clavadas en el órgano más importante de cualquier ser humano? Afirmativo, siempre sí, siempre servicial y dispuesta a reventar por él, por loca; siempre al borde de la muerte por una entrega excesiva de toda su energía en crear un mundo perfecto para el niño de sus ojos, el dueño de su vida y único merecedor de cada partícula de su ser. Pero no, él dijo que ya no, que los puntos y aparte se habían acabado. Punto y final. Hablaba de estabilidad sentimental, decía que aquello nunca más volvería a pasar y ella sentía que sus venas estallaban milímetro a milímetro porque ya no merecía la pena. Era absurdo respirar si él ya no iba a ser el motivo, un completo sinsentido: amar sin ser amado. Maldita cabezonería la que le llevó a pensar que no hay amor mas puro que el no correspondido, porque no hay otro amor que lo de todo sin esperar nada a cambio. Y no, él dijo no. ENE O. Dos miserables letras que se clavaron lentamente en sus entrañas derramando lágrimas rojas que nadie nunca vería. ¿El fin? “No, por favor, no puede ser el fin” se decía una y otra vez. Era cuestión de pensar rápido, de buscar una solución que la sacara de aquella agonizante situación y le diera un poco más de tiempo para aprender a comportarse como debía comportarse, como nunca había sabido hacerlo.

    - Dame el último beso y te prometo que te olvido.
    
    Se miraron de frente, ella acarició con sus frías manos aquellas cálidas mejillas. Frente contra frente. Ella respiraba su aliento, exprimía cada milésima de segundo que pasaba compartiendo su espacio vital con él, alguien que jamás podría estorbar en tan poco espacio. Sus labios, suavemente, se juntaron, se posaron los unos sobre los otros y dulcemente se fundieron en un lento beso en el que habría parado el tiempo si hubiera sabido como hacerlo. Su sabor, su aliento, jugar con la lengua y convertir en arte la que sería la despedida de su vida. Y adiós. Era una promesa ¿no? Las promesas sólo se hacen cuando van a ser cumplidas, y un último beso era un último beso. El último beso más perfecto de que nadie podrá disfrutar. De él, de ella. Un eclipse total. Y a pesar de todo no se lo podía creer. ¿Realmente aquel era el final? ¿Cómo va a acabar algo que nunca ha empezado? Quizá porque nunca habría funcionado. No, no puede ser el final. ¡Claro que habría funcionado! Pero para que algo funcione primero hay que intentarlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que se veía en la obligación de reprimir porque prometió que no lloraría. Pero, ¿cómo no iba a llorar? No hay cosa más dura que escuchar a la persona que amas decir “búscate a otro y se feliz”. Es como un veneno que infecta cada gota de sangre que recorre un cuerpo inocente ya sin fuerzas para vivir, un cuerpo errante que no encuentra los motivos para contener ni una sola lágrima más. Lucha por huir, por escapar de la trampa en la que no deja de caer, pero no puede. Vacía, demasiado vacía como para pensar que su ida vale más que la sonrisa de ese pequeño aspirante a Dios. Demasiado triste como para no ser la típica parte de las películas que todos dicen “pero si ahora va a volver corriendo a por ella porque se va a dar cuenta de que la necesita”. Pero las pelis no son de verdad y el valor es escaso para intentar volar desde el edificio más alto de la ciudad. Vacía, ilusa y cobarde. Pero… Todo es todo, y si dice que va a darlo todo por él es que lo va a dar. Y si darlo todo implica arrancarse el corazón de cuajo y olvidar todo sentimiento que haya existido en él, olvidar que por fin ha encontrado a alguien capaz de igualar (e incluso se atrevería decir que superar) al primero que conquistó una mente demasiado romántica como para conformarse con cualquier caballero de a pie, lo haría. Si es lo que él quería y aún sabiendo que se trata de algo demasiado complejo como para que él sea capaz de entenderlo, así sería. ¿Fácil? No, no será fácil. Todo lo contrario. Será arduo, desgarrador, devastador y en ocasiones parecerá imposible. Pero lo imposible nunca ha supuesto un problema, así que con el tiempo simplemente será algo que era improbable que pasará, pero que al final, a pesar de las heridas, se convertirá en una realidad de esas de las que nadie quiere hablar. Siempre ha sido una de esas locas que toman decisiones demasiado precipitadas, tanto como prometer que después de un perfecto y último beso, se iba a olvidar de él.

sábado, 1 de enero de 2011

Querido 2010:




    Te has consumido. Pero, ¿cómo olvidar tus trescientos sesenta y cinco días? ¿Cómo hacer que tus ocho mil setecientas sesenta horas pasen desapercibidas o ignorar tus quinientos cincuenta y dos mil seiscientos minutos? Que por cada día guardo un preciado recuerdo y miles de emociones, por cada hora un pensamiento inseguro y por cada minuto treinta y un millones quinientos treinta y seis mil latidos cargados de ilusiones, ganas y decepciones, sonrisas y lágrimas; todo y nada. Has pasado demasiado rápido. Aún parece que fue ayer cuando estaba deseando que acabase el dos mil nueve, aquel maldito dos mil nueve, y le decía a todo el mundo que ibas a ser mi año. Pero nadie me creía, se limitaban a decirme que todos los años decía lo mismo y que tú no ibas a ser diferente. Ahora se que se equivocaban. Has cambiado mi vida dando un giro de trescientos sesenta grados, y ahora llegas, nos dices que te vas y que no piensas volver. Te voy a echar de menos. Podías quedarte un poco más… Más, porque has cumplido mis expectativas. Más por todas aquellas personas que me han acompañado en este viaje lleno de locuras y sinrazones, pero también de coherencias y preocupaciones. Más por las cosas que me he dejado sin hacer, y por todas las que hice sin pensar. Más, por un millón y medio de sonrisas más. Más, solo un poco más, por aquellos sueños que se quedan a medias al despertar y por aquellos que sólo a la luz del día podemos hacer realidad. Más, por ti, por mi, por él, por ella, por nosotros, por vosotros, por ellos y también por ellas. Más, por todos.
    Durante tus doce meses he reído, he llorado, me he sonrojado, he gritado, he amado, he odiado, me he decepcionado, he decepcionado a algunos, he sorprendido a otros, he crecido, he madurado, me he comportado como una cría, he sentido, he experimentado, he besado, he añorado, he aprendido, he soñado, he jugado y, sobretodo, he vivido. He vivido cada segundo viajando entre sentimientos y palabras, he vivido intentando tocar el futuro, con el pasado a cuestas y el presente de la mano. Y aunque me hayas dado unas cuantas lecciones de por qué no debo dar nada por sentado o por qué no debo decir nunca de esta agua no beberé, me has hecho levantarme de cada caída y afrontar las cosas con otra perspectiva; puedo decir que has sido, sin lugar a dudas, uno de mis mejores años. Uno de esos en los que me habría gustado tener una foto que describiera a la perfección cada día, para no olvidar uno solo, para recordar cada momento y sentir que, incluso, puedo tocar cada situación.
    
    Y antes de finalizar esta despedida me gustaría agradecer su compañía a todas aquellas personas que me han regalado sus sonrisas, que me han ayudado a ver la realidad y que me han aguantado cuando me he puesto tonta. A los de siempre, a los de casi siempre y a los nuevos. Por cada minuto a mi lado os regalo un trozo de mí, y por cada minuto a vuestro lado gano infinitas emociones.
    Ahora sí, adiós dos mil diez: siempre te recordaré.

P.D.: Te espero dos mil once. No se que nos tienes preparado ni qué piensas hacer con nuestras vidas. Este año no voy a tener demasiados buenos propósitos, y no los voy a apuntar en una lista, este año me voy a dejar ser. Sólo te pido una cosa: no me quites mi fuente de felicidad.