- ¿Dónde estás?
- Aquí abajo, ¿me abres?
- ¿Qué quieres? ¿Subir a mi casa y que te presente a toda mi familia?
- Venga, invéntate algo... Tengo ganas de ti.
- No has dicho "tengo ganas de verte" sino "tengo ganas de ti".
- ¡Sí, y te lo repito!
- Yo también tengo ganas de ti.
No dice nada más. Subo los escalones veloz como un rayo hasta el último piso. Y cuando llego se abre el ascensor, es ella. Simbiosis hasta en eso. Me zambullo en sus labios y busco allí mi respiración. Besándola sin tregua, sin dejarla respirar. Le robo la fuerza, el sabor, los labios, le robo hasta las palabras. En silencio. Un silencio de suspiros, de una camiseta que se abre, un gancho de sujetador que salta, unos pantalones que se bajan, la barandilla que se mueve, ella que se ríe haciendo "sh" para que no la oigan. Extrañas posturas en aquella trampa de piernas, esa maraña tejana que me fascina, que me extasía. Parar un momento. De rodillas, sobre el frío mármol. Correr juntos, nosotros, estúpidos, salvajes, apasionados, caballos enamorados agarrados al suelo por una barandilla de hierro. Ésta vibra en silencio como nuestra pasión. Por un instante suspendidos en el vacío. Ruidos lejanos. Ruidos de las casas. Una gota que cae. Un armario que se cierra. Pasos. Después ya nada. Nosotros. Sólo nosotros. Pero un último beso nos hace llegar juntos, volver al suelo precisamente mientras llaman al ascensor.
- Shh- se ríe derrumbándose en el suelo. Nos abrazamos así juntos, púgiles tocados, deshinchados, agotados, acurrucados en el suelo, vencidos. Y sonriendo, nos besamos-. Sh- dice otra vez-. Sh.-Se complace con ese silencio...Sh.
El ascensor se detiene un piso más abajo. Nuestros corazones laten veloces y no ciertamente de miedo. Me escondo entre su pelo. Me apoyo en su suave cuello. Descanso. Mis labios cansados, felices, satisfechos en busca sólo de una última respuesta.
- Oye...
- ¿Sí?
- No me dejes...
Y no sé por qué, pero lo digo. Y casi me arrepiento. Y ella se queda de un momento en silencio. Después se separa de mí y me mira curiosa. Luego lo dice despacio, casi susurrándolo:
- Tiraste al río la llave del candado.
Después, cariñosa, coge mi cabeza entre sus manos y me mira. No es una pregunta. Es una respuesta. Después me da un beso y otro, y otro más. Y no dice nada. Sólo me sigue besando. Y yo sonrío. Y acepto encantado esa respuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario