Límites. Un “hasta aquí hemos llegado, esto se tiene que acabar”. Extremar las situaciones ficticias conlleva el riesgo de agotar las fantasías y caer de golpe en la realidad. Un mundo entero se precipita condenado a la desaparición que implica la inestabilidad: su mundo. Es curioso como a veces una simple palabra puede destrozar un complejo circuito de sentimientos y llevar a una persona a la desesperación más extrema. Pero los extremos no son buenos. Y todo lo que empieza, tiene que acabar. Incluso lo que no ha empezado tiene que encontrarse con un final, porque no, la eternidad y el infinito no están hechos para las personas que viven en el mundo real. Lástima que ella sea una de esas personas que no están hechas para el mundo real. Uno de esas locas empedernidas que darían todo su oxígeno por aquel que le ha robado cada suspiro. Una de esas que no saben dónde está el término medio, que o lo tienen todo o prefieren no tener nada. Una imprudente de las que se sumergen bajo el agua sin coger aire y esperan salir con vida de la experiencia. Caprichosa, repelente, de las de lo quiero aquí y ahora, a mi manera y como yo diga. La típica que puede tener lo que quiera cuando le apetezca pero que nunca ha sabido apreciar nada, y que cuando por primera vez en mucho tiempo es capaz de apreciarlo apenas puede rozarlo con las yemas de los dedos. Y por el no se qué de su boca y el brillo imaginario de su cercanía le ha cogido demasiado cariño a aquel del que prometió no enamorarse nunca jamás de los jamases. Quizá hayan tenido que ver el sí se qué de sus ojos y la suavidad de sus mejillas, o lo apetecibles que resultan sus labios. Ella qué sabe, que dice que sólo sabe que no sabe nada más que todo lo que daría por él; y aún eso es poco saber. Tan impulsiva que no soporta la impotencia que implica no poder dar un paso más porque ya ha dado todos los pasos posibles. Bloqueada. La misma de siempre, la sentimental que daría todo por un beso y no es capaz de negar una sonrisa, que se derrite en cada roce y se deshace en cada abrazo; la que se muere por un simple gesto de su hombre imperfecto. Nunca ha entendido nada porque nunca ha querido entenderlo, nunca ha encajado en el mundo porque siempre ha querido cambiarlo.
Un día cualquiera, pongamos un sábado, a una hora indefinida en un lugar mal situado eligió el momento incorrecto para hacerle frente a todo aquello que llevaba meses arrastrando. No debió hacerlo, no; le faltaban fuerzas para enfrentarse a la realidad que sabía que le esperaba. Pero la verdad es solo una parte, lo importante es lo que haces con ella, se repetía una y mil veces para no sentir miedo antes de dormir. Se decidió a abrir los ojos el día menos indicado. Aunque, claro, ¿cuál es el día indicado para asumir un no? Es mejor vivir en la ignorancia porque ella sabía que aceptar el no, significaba perder todo por lo que vivía. Y entonces ¿qué quedaría? Un no implicaba el final, el Apocalipsis, darse de bruces con la realidad y aceptar de una vez que no tenía ningún sentido salir de la cama para poner todo su empeño en dibujar sonrisas que ni de lejos la correspondía. No, nunca en su vida iba a tener la suficiente fuerza como para acepar la respuesta negativa y por consiguiente, aceptar el rechazo. En vez de eso, por cada no que sale de su perfecta boca ella incrementa en un novecientos por cien los sentimientos irracionales que la impulsan a faltarse el respeto a sí misma. Nadie, nadie en su sano juicio cometería tal sacrilegio; nadie excepto ella. ¿Por qué? Porque él lo merece todo, cada ápice de felicidad, cada resquicio de compasión y toda la energía de un amor no correspondido. Siempre alimentándose de la misma ilusión, del recuerdo de un espejismo que nunca será más que un falso reflejo de todo lo que podrían llegar a ser juntos. No habrá en su vida día en el que no haya pensado que no hay mal que por bien no venga, que toda gran recompensa conlleva un gran sacrificio y que el que algo quiere, algo le gusta. Pero ¿tan alto es el precio? ¿Tantas lágrimas, tanto oxígeno desperdiciado, tantas punzadas clavadas en el órgano más importante de cualquier ser humano? Afirmativo, siempre sí, siempre servicial y dispuesta a reventar por él, por loca; siempre al borde de la muerte por una entrega excesiva de toda su energía en crear un mundo perfecto para el niño de sus ojos, el dueño de su vida y único merecedor de cada partícula de su ser. Pero no, él dijo que ya no, que los puntos y aparte se habían acabado. Punto y final. Hablaba de estabilidad sentimental, decía que aquello nunca más volvería a pasar y ella sentía que sus venas estallaban milímetro a milímetro porque ya no merecía la pena. Era absurdo respirar si él ya no iba a ser el motivo, un completo sinsentido: amar sin ser amado. Maldita cabezonería la que le llevó a pensar que no hay amor mas puro que el no correspondido, porque no hay otro amor que lo de todo sin esperar nada a cambio. Y no, él dijo no. ENE O. Dos miserables letras que se clavaron lentamente en sus entrañas derramando lágrimas rojas que nadie nunca vería. ¿El fin? “No, por favor, no puede ser el fin” se decía una y otra vez. Era cuestión de pensar rápido, de buscar una solución que la sacara de aquella agonizante situación y le diera un poco más de tiempo para aprender a comportarse como debía comportarse, como nunca había sabido hacerlo.
- Dame el último beso y te prometo que te olvido.
Se miraron de frente, ella acarició con sus frías manos aquellas cálidas mejillas. Frente contra frente. Ella respiraba su aliento, exprimía cada milésima de segundo que pasaba compartiendo su espacio vital con él, alguien que jamás podría estorbar en tan poco espacio. Sus labios, suavemente, se juntaron, se posaron los unos sobre los otros y dulcemente se fundieron en un lento beso en el que habría parado el tiempo si hubiera sabido como hacerlo. Su sabor, su aliento, jugar con la lengua y convertir en arte la que sería la despedida de su vida. Y adiós. Era una promesa ¿no? Las promesas sólo se hacen cuando van a ser cumplidas, y un último beso era un último beso. El último beso más perfecto de que nadie podrá disfrutar. De él, de ella. Un eclipse total. Y a pesar de todo no se lo podía creer. ¿Realmente aquel era el final? ¿Cómo va a acabar algo que nunca ha empezado? Quizá porque nunca habría funcionado. No, no puede ser el final. ¡Claro que habría funcionado! Pero para que algo funcione primero hay que intentarlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que se veía en la obligación de reprimir porque prometió que no lloraría. Pero, ¿cómo no iba a llorar? No hay cosa más dura que escuchar a la persona que amas decir “búscate a otro y se feliz”. Es como un veneno que infecta cada gota de sangre que recorre un cuerpo inocente ya sin fuerzas para vivir, un cuerpo errante que no encuentra los motivos para contener ni una sola lágrima más. Lucha por huir, por escapar de la trampa en la que no deja de caer, pero no puede. Vacía, demasiado vacía como para pensar que su ida vale más que la sonrisa de ese pequeño aspirante a Dios. Demasiado triste como para no ser la típica parte de las películas que todos dicen “pero si ahora va a volver corriendo a por ella porque se va a dar cuenta de que la necesita”. Pero las pelis no son de verdad y el valor es escaso para intentar volar desde el edificio más alto de la ciudad. Vacía, ilusa y cobarde. Pero… Todo es todo, y si dice que va a darlo todo por él es que lo va a dar. Y si darlo todo implica arrancarse el corazón de cuajo y olvidar todo sentimiento que haya existido en él, olvidar que por fin ha encontrado a alguien capaz de igualar (e incluso se atrevería decir que superar) al primero que conquistó una mente demasiado romántica como para conformarse con cualquier caballero de a pie, lo haría. Si es lo que él quería y aún sabiendo que se trata de algo demasiado complejo como para que él sea capaz de entenderlo, así sería. ¿Fácil? No, no será fácil. Todo lo contrario. Será arduo, desgarrador, devastador y en ocasiones parecerá imposible. Pero lo imposible nunca ha supuesto un problema, así que con el tiempo simplemente será algo que era improbable que pasará, pero que al final, a pesar de las heridas, se convertirá en una realidad de esas de las que nadie quiere hablar. Siempre ha sido una de esas locas que toman decisiones demasiado precipitadas, tanto como prometer que después de un perfecto y último beso, se iba a olvidar de él.
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