expr:class='"loading" + data:blog.mobileClass'>

martes, 11 de enero de 2011

A partir de ahora me voy a dedicar a aquellos que muestran algo por mí.

Paseando por las calles de mi vida me encontré con un millón de miradas desconocidas. Cuántas miradas que sólo habré visto dos, tres veces en mi corta existencia. Cuántas miradas aparentemente cálidas de personas que aparentemente pensaban quedarse. Cuántas miradas que un día me parecieron sinceras y hoy están tan vacías. Es duro cruzar mis ojos con todas esas miradas y ver que ya no queda nada, ni siquiera el saludo por cortesía.
Es como pasear por Madrid. Cuando te dejas llevar por la multitud acelerada que siempre va a algún sitio importante con prisa. Tus ojos se cruzan con un mínimo de mil miradas en una sola tarde. Ninguna te saluda, ninguna muestra el más mínimo interés en ti. Supongo que es lo normal, ¿no? La gente que no se conoce no tiene por qué preocuparse por otra gente con la que no ha tratado nunca.
Entonces pienso en todas esas otras miradas conocidas con las que me cruzo día a día. ¿En qué momento dejaron de formar parte de mi vida aquellos ojos verdes que juraban ser mi mejor amiga? Y como aquellos ojos ¿cuántos más iban a quedarse y se fueron? Pero esos ya son parte del pasado, ya ni siquiera cruzan sus miradas con el marrón de mi iris. Ellos no son los que me hacen preguntarme nada. Son esas otras miradas que no me saludan hoy, ni mañana, pero al cabo de una semana me miran como si hubiera estado toda la vida a mi lado. Son esas miradas que están cada día a mi lado y nunca se dan cuenta de cómo miro, ni de lo que dicen mis ojos. Miradas de esas personas que aparentemente están, pero ya se que se van a ir, que nunca han estado. Todos tenemos miradas de esas en nuestras vidas.
Es triste, supongo. Supongo que un día me cruzaré con una de esas miradas por Madrid y serán como esas miradas a las que ya no me une nada, ni el saludo de cortesía. Me mirarán, y fingirán que no me han visto bajando sus ojos al suelo. Y se irán con su prisa sin preguntarme ¿qué tal te va? O decirme ¡cuánto tiempo! Y de nuevo me obligarán a reflexionar.
¿Cuántas personas pasan por nuestra ida? ¿Quién nos ve y quién nos mira? Un día conocemos a alguien, sin saber por qué nos sentimos unidos a esa persona, y con el paso del tiempo esa unión se debilita, ya no hay cosas en común, todo son reproches. Otro día conocemos a otro alguien que nos parece divertido y no volvemos a verle en nuestra vida, pero quién sabe qué le habremos contado de nosotros en ese poco tiempo, qué hemos compartido. Es ley de vida. Conocer, conoceremos a muchas personas a lo largo de nuestra existencia. Muchas vienen de paso, otras llegan, se instalan y se van, y muy muy pocas vienen para quedarse siempre a nuestro lado. Quizá sea triste pensar en esas personas que se instalaron para quedarse, o aquellas que vemos y comienzan a preparar su equipaje para decirnos adiós. Pero es importante que recordemos que aquellas personas que valen son aquellas que nunca dudamos si van a estar. Aquellas que sabemos que nos miran, que no nos ven, que saben si nos pasa algo o no con sólo mirarnos, que si nos ven llorar, lloran con nosotros y se desviven por eliminar la presencia de esas lágrimas. Aquellas personas que incluso después de mirarnos con un ceño fruncido son capaces de dar la espalda a el pasado y regalarnos un abrazo.
Yo no se que fue de aquellos ojos marrones que hace tanto tiempo pensé querer, ni dónde están aquellos ojos verdes que tantos secretos sabían de mi. Supongo que no importa, que no eran ojos importantes. Tampoco quiero saber que fue de ellos. En su día hubo muchas cosas que me unían a ellos, pero hoy por hoy, mi mirada ha cambiado, y las suyas también lo habrán hecho. Les vi venir, elegir habitación, deshacer la maleta y avisarme con meses de antelación de que habían decidido marcharse. Si se fueron, algo mejor les estaría esperando, tanto a ellos como a mí. Sobretodo me duelen aquellos ojos marrones muy oscuros que me abandonaron, que me hicieron ver que lo que yo consideraba una amistad sólo lo era por mi parte. No importa, de caídas aprendemos. Se que hoy en mi vida hay pocas miradas de esas que me miran, pero hace tiempo aprendí que no importa si son muchas o pocas, sino que lo que importa es la complicidad de nuestras pupilas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como todo lo demás... ME ENCANTA! y cariño... nos conocems pocos pero yo ví en ti cosas que no veo en personas q llevan toda la vida conmigo. Nos hems contado nuestros problemas y nos hemos solucinados otros y que sepas que puedes contarme lo que tu queiras y cuando tu quieras q yo no me voy a ir!
1 besazo elena